Hechos y costumbres del Marruecos cercano

Una visita a una zawia para festejar el Mulud

   Invitados por un amigo a los actos conmemorativos de “Al Mawlid”, día del nacimiento del Profeta Muhammad (que la bendición de Dios sea sobre él y la paz), el 12 de “Rabii Al Awwal”, que iban a desarrollar los componentes de la Zawia de Sidi Ben Aisa de Beni Chicar, de la “Tariqa Isawiya” (fundada a principios del siglo XVI por el “Cheij” Muhammad Ibn ´Isa as Sufiani al Muhtari), varios melillenses nos dirigimos en la tarde del pasado sábado, uno de mayo, a la vecina población del Zoco El Had.

   Cerca de esta localidad, ya en el campo, entramos en la casa de Hussein “Al Muqaddam” (delegado) de la cofradía “Isawiya”, del Zoco el Had de Beni Chicar, quien nos recibió en la puerta junto a sus familiares como invitados a contemplar los actos conmemorativos de la festividad citada anteriormente. Tras pasar a una habitación diáfana con tan sólo colchonetas, mantas y algunos cuadros de ambiente religioso y lavarnos las manos convenientemente, fuimos agasajados con una exquisita cena tradicional consistente en miel, cordero al horno y callos. Mientras deleitabamos la comida, familiares y amigos del “Muqaddam” entraron en el recinto para darnos la bienvenida y expresarnos su disposición a que grabáramos toda la ceremonia sin ningún tipo de condicionamiento.

   Desde su inicio las conversaciones se mantuvieron con frases cortas en español, tamazight y árabe por carecer de una lengua conocida en su totalidad por todos los asistentes. Así, nada más terminar el té y presentarnos todos, con nuestros nombres y lugar de origen, salimos al patio para elegir los lugares desde donde íbamos a tomar fotografías y grabar video. Desde el comienzo sólo hubo un condicionamiento, que respetáramos sus costumbres, en clara alusión a que no grabáramos a las mujeres, pero sin citar la condición expresamente: “ya sabeis, respetad nuestras costumbres”. Siempre me molesta este tema, aunque lo asumo porque soy consciente de su importancia pero es que un reportaje sin mujeres es como el té sin azúcar, no obstante, siempre se espera un desliz de alguna “zamgart” que pase por delante del objetivo de la cámara.

La ceremonia sufí

   Conforme entraba la noche, que se mostraba con una luna semillena entre nubes amenazadoras de lluvia, comenzamos a escuchar los primeros sones de tambores y flautas que provenían del interior de la casa. Acudimos pues a una habitación donde músicos vestidos de blanco y turbante naranja, procedentes de la Yebala (región noroccidental de Marruecos), realizaban oraciones previas a la ceremonia que se iba a desarrollar después en el patio. Contemplando a éstos había muchos jóvenes en la habitación, la chiquillería típica de cualquier lugar de Marruecos y, sobre todo del norte, porque muchos hombres han cruzado el Mar de Alborán en busca de un porvenir mejor.
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   Tras unas primeras instantáneas de la escena, volvimos al patio, centro físico de la casa bereber y donde se desarrolla casi toda la actividad diaria, lugar predominante en las fiestas y conmemoraciones. Todo estaba dispuesto, incluídas varias sillas para los invitados que luego, en el trancurso de la noche, algunas quedaron vacías porque, tradicionalmente, no se utilizan.

   Pasados unos minutos salieron los músicos, uno a uno, para alinearse junto a un muro y ser recibidos oficialmente por el “Muqaddam”. Seguidamente, los músicos tomaron posición en una esquina del patio y comenzaron a tocar, a modo de introducción, melodías lentas mientras que un danzante con “abaya” (túnica) blanca iniciaba algunos pasos con flexiones hacia adelante y a los lados, normalmente con la cabeza gacha. Rápidamente el sonido de dos “chirimías” se fue imponiendo al ritmo marcado por dos tambores y varios panderos mientras se incorporaban danzantes “isawiya”, dos o tres en el centro de un escenario delimitado por los músicos al frente y, en su opuesto, varios danzantes enlazados en semicírculo que se movían lentamente esperando el turno individual para pasar al centro, a la escena ritual.

   Mientras esto ocurría no nos dimos cuenta que el patio de la casa se había llenado de personas y no sólo el patio, los techos estaban llenos de gente. Uno de ellos, el situado frente a los músicos, reservado a las mujeres, estaba al completo, rebosante, con más de cuarenta personas de todas las edades. Daba la sensación que era la tribuna principal y que todo lo que comenzaba a desarrollarse era para su deleite visual y auditivo.

Una anciana en la escena

   Tenía la sensación que así iba a trancurrir la noche, sólo con la intervención de los hombres en la danza, pero una anciana totalmente vestida de blanco entró en la escena, se situó a un lado, en el márgen de la zona en que estaban los danzantes, e inició una danza con la cabeza hacia abajo, levantando y bajando los brazos, de forma casi paralela, mientras apenas movía las caderas.[ver fotos]

   El patio, “remrah”, estaba al completo de público y ya apenas podíamos contemplar por dónde transcurrían los acontecimientos porque los jóvenes buscaban las mejores posiciones visuales insistentemente. Rápidamente los anfitriones se dieron cuenta de nuestras dificultades y nos llevaron a una de las azoteas para que no perdiéramos detalle. Tras marcar posición y encuadre, quise echarme un cigarrillo y me solicitaron que si quería hacerlo, lo encendiera de espaldas a los danzantes y cuando fumara que no dejara ver la brasa de la punta. No le dí mayor importancia y así lo hice mientras oteaba el cielo encapotado y amenazante.

   En esas estábamos cuando los danzantes comenzaron a realizar gestos muy exagerados y mis acompañantes me informaron que imitaban los movimientos de animales: leones, serpientes, zorros,... y, en instantes determinados, transformaban sus movimientos en violencia contenida que en el momento que estallaba, o alcanzaba un punto álgido con imprevisible desenlace, era sosegada por el “Muqaddam” para proteger a los “animales” de ellos mismos. Al parecer, según he leído después en la red (www.musulmanesandaluces.org/hemeroteca/35/isawa.htm) “la Tariqa Isawiya se constituye a modo de fraternidad entre hombres, animales y ÿinns”. Los ÿinns, esos geniecillos que, según dicen, tanto abundan en las montañas del Rif y es que el macizo del Gurugú y sus estribaciones están situados en la parte oriental de la famosa región magrebí.[ver fotos]

   La anciana que había estado bailando desde un comienzo cayó desvanecida al suelo. Después de un pequeño revuelo fue recogida con urgencia y llevada a una habitación, me pidieron unas llaves para que las agarrara en una de sus manos, algo básico para recuperar el conocimiento según entendí. No sé por qué el hierro es utilizado siempre en estos casos por las tradiciones de diferentes civilizaciones, alguna virtud tendrá.

Por encima del dolor


   En un momento determinado, mientras las “chirimias” continuaban penetrando en nuestros oídos, al ritmo marcado por tambores y panderos, el público congregado se abrió rápidamente para dejar paso a uno de los danzantes “isawiya” que había entrado en la casa abrazado a una chumbera. Quedé atónito porque he sufrido en muchas ocasiones su pinchazo, que se te queda “presente” durante unos minutos en los sentidos. El caso es que no sólo permaneció agarrado a la chumbera sino que se tiró al suelo y se acomodó sobre ella como si de un colchón se tratara. Pasados los instantes de la sorpresa, los danzantes dividieron en trozos la chumbera y algunos se golpearon con ellos cabeza y tronco mientras otro mordió un trozo como si fuera una rodaja de sandía. Pensé que era un truco y que estaría “afeitada” pero las personas que había a mi lado me aseguraron que acaba de arrancarla de la tierra y que no había preparación alguna, hecho que después comprobé viendo las fotografías que estaba tomando entonces. Al parecer el “Cheij” de la “Tariqa” concede a sus seguidores el don de no sufrir ante los pinchazos, quemaduras y mordeduras de serpientes.[ver fotos]

   El ritmo de la música y la recitación de poemas, que me tradujeron como “areggid” posteriormente, se fue incrementando, acelerando, mientras que los danzantes se turnaban en escena en actuaciones individuales o por parejas en torno al “Muqaddan” que danzaba a otro ritmo mucho más suave y con los brazos bajos, quizá al mismo ritmo que los enlazados en semicirculo gritaban, o recitaban, “Allah al Ahad (después llegué a comprender que en realidad decían Dios el único, en un árabe muy deformado por la voz amazigh, algo básico en el sufismo, la unidad de Dios).

   Nuevamente el público se abrió en canal y sobre la escena cayeron trozos de brasas al rojo vivo que los danzantes pisaron con sus pies descalzos y no sólo eso, sino que uno de ellos se puso una brasa en la boca y la exhibió como si de un cigarro se tratase, en tanto otro se tiznaba la cara y brazos, aunque no recuerdo si con la parte del tizón o de la brasa porque la sorpresa y la distancia deforman la percepción.

El color rojo

   Y así transcurría la noche, con repetición de los actos de chumberas y brasas, cuando una persona que había a mi lado encendió un cigarrillo y atrajo la atención de uno de los danzantes, estalló la violencia y se volvieron todos mirando hacia donde estábamos. Rápidamente el osado fumador escondió el cigarrillo y, entonces, contaron los que me acompañaban como espectadores que los danzantes están en trance y no pueden ver el color rojo en ese estado pues se vuelven violentos. Como añadido a la explicación me contaron que en, en otros tiempos, al igual que en Meknes, sede central de esta Tariqa, arrojaban a uno de los danzantes (el león) un cordero recién sacrificado del que sólo quedaba la piel porque se comía la carne y vísceras crudas con tal de no ver la sangre. El caso es que una vez de vuelta en Melilla me contó un amigo, veterano y buen conocedor de las costumbres de su pueblo, que antaño no se podía asistir a una ceremonia de éstas con camisa roja porque te destrozaban la ropa, la visión de este color desata la ira de los danzantes cuando están en estado de trance.

   Pero volvamos a la noche de autos porque, una vez que ocurrió lo del cigarrillo, estuve observando cómo se comportaban individualmente los danzantes que en algún sitio he leído que los denominan “fuqará” (los necesitados de la gracia de Dios). En primer lugar formaban parte del grupo de enlazados que se movían lentamente al ritmo del grito “Dios el único”, luego se acercaban donde estaban los músicos y, en especial, junto a los que tocaban las “chirimías”, acercando sus oídos a unos centímetros del instrumento, durante un tiempo permanecían en esa posición, balanceándose, recibiendo el sonido agudo y penetrante con una cadencia frenética que, por lo visto, les lleva al trance con el que desarrollan después la danza y todos los actos de chumberas, brasas, cristales y todo lo inimaginable que cuentan que ocurre en otras zawias.


Oraciones


   Cuando ya habían transcurrido unas tres horas del inicio de la música, el ritmo bajó lentamente hasta que desapareció por completo. Unos minutos de descanso que fueron aprovechados por los espectadores para acercarse individualmente donde estaba el “Muqaddam” y los músicos. Allí se desarrollaron unos ritos que no llegué a comprender y que tampoco nadie me ha explicado con suficiente claridad. He creído entender que pasaban a recibir el “dua”, la bendición del “Muqaddam”, para otros es una petición para que Allah vierta su “bâraka” sobre el peticionario en la noche del nacimiento del Profeta, todo ello antes de ofrecer a la Zawia un “siiart” ó “ziyara”, un presente o regalo. En el olvido de mi memoria quedó una explicación que dieron sobre cinco conceptos que se incluían en el “duau” pero quizás eso no sea muy importante para este artículo. [ver fotos]

   Nuevamente las “chirimías” volvieron a tocar durante unos minutos de forma intensa como epílogo de la ceremonia durante el cual finalizaron las danzas y el público congregado, lentamente, abandonó la casa.

A la espera del alba

   Con la tranquilidad de la noche los invitados pasamos a una habitación donde fuímos agasajados con cus-cus y té para retomar fuerzas antes de dar una cabezada que iba a durar, como mucho, unas tres horas porque, a la mañana siguiente, había que subir andando a la “Zawia de Imrabden”, en una de las laderas del Gurugú.

   Lo cierto es que después de la excitación de la música el sueño no llegaba y pasamos todos los comensales a conocernos mutuamente en las tres lenguas citadas anteriormente. Así, por la coincidencia de fecha, 2 de mayo, hablamos de la Fiesta de Independencia de España que asombró a los amigos marroquíes que no entendieron que solamente se celebrara en Madrid, porque lo relativo a los gobiernos autónomos les sigue sorprendiendo. Entre otros temas, debido a un movimiento que hice al levantarme para cambiar de posición hablamos de la enfermedad que contraje hace dos años y que estuvo a punto de llevar mi cuerpo a residir al patio de los callados; uno de los comensales me dijo entonces que quizás Dios permitió que viviera “para que hoy (por esa noche) estés aquí”. Sonreí aunque reflexioné sobre la predisposición de los musulmanes a la predestinación, el destino insondable pero dirigido. De ahí, saltando entre varios temas, pasamos a lo vivido momentos antes en el patio y a las expectativas que ofrecía la mañana del día que llegaba, con la incertidumbre de que la tormenta anunciada por los servicios metereológicos llegara. También se habló de la historia reciente de la Tariqa y de los seguidores que tuvo en años precedentes en la zona. Comentaron con sentimiento de desazón que ya no había tantas cofradías como antaño y que de Melilla ya no venía nadie...

   Rápidamente, como suele ocurrir en estos casos, comenzaron las bromas y los chistes mientras que algunos acomodaban las cabezas para echar un sueñecito... Ante esta situación, los dos “arumis” que estábamos allí, junto a dos familiares del “Muqaddam”, dejamos a los demás descansar y nos fuimos a dar una vuelta por los alrededores para esperar el alba. El campo permanecía tranquilo, la luna estaba cubierta por unas nubes no muy densas que se negaban a moverse porque el levante no acababa de imponerse al poniente. Eso influía para que, de vez en cuando, cayera alguna gota suelta que mantenía la humedad en el ambiente.

Las condiciones de trabajo

   Hablamos de la situación de cada uno, de nuestra edad, trabajo y estado civil. Los dos rifeños trabajan, de forma irregular, en Melilla y nos contaron la explotación que sufren en nuestra ciudad, no precisamente por “arumis”, y las pocas posibilidades que les ofrece el futuro, como a tantos otros jóvenes de esta comarca. Se quejaron que la mano de obra procedente del sur de Marruecos ha bajado la cotización de los trabajadores de la Guelaya. También conocimos algunos de los métodos que utilizan los empresarios melillenses para evadir a los inspectores de Trabajo, dispositivos de fuga rápida de los ilegales al pulsar un botón, algo insólito que se desarrolla ante nuestras narices.

   Mientras conversábamos, también recibíamos una lección intensiva de “tamazight” con las consiguientes risas tras escuchar a un “arumi” pronunciar un vocablo amazight.

   En esas estábamos cuando una sombra zigzagueante se deslizó junto a nosotros siendo reconocida ésta como “el hijo de la cárcel”. Un vecino de la zona, conocido por sus entradas y salidas constantes en las cárceles marroquíes, que olía claramente a alcohol y que se sentó junto a nosotros. El recién llegado rápidamente sacó a colación que Aznar era malo y que Zapatero era bueno porque “le ha dicho a los guardias que se vengan de Irak”, que Aznar no era bueno con Marruecos y que Zapatero sí era amigo del Rey Mohamed VI. Esa fue su única y reiterada conversación, lo que me llevó a pensar en la política española de los últimos años con respecto a Marruecos y los amigos que ha obtenido Aznar por estos pagos.

   La verdad es que me sentí un poco incómodo con el “hijo de la cárcel” al lado y sugerí volver a las cercanías de la casa. Mientras lo hacíamos comenzaron a pasar los camiones con mercancía para abastecer al Zoco el Had, el mercado del domingo, con luces multicolores sobre la cabina, un espectáculo de modernidad en la noche oscura, algo que asemeja las costumbres de los países no occidentales de América del Sur, Asia y Africa. También pasaron frente a nosotros jinetes sobre mulas que se dirigían a paso cansino hacia el zoco para vender sus cultivos y comprar productos básicos de consumo. Me contaron que uno de ellos venía desde el Rif central después de cuatro días de marcha con las alforjas repletas de lo que después será menudeo de ...

El inicio de la jornada

   En la casa todo era silencio cuando rayaba el alba y subimos a la azotea. Allí, bajo una manta sostenida por un palo a modo de mástil de tienda de campaña, y al amparo de los vientos, estaba durmiento uno de los familiares llegados con motivo de la conmemoración. No hubo consideración y fue despertado para que dejara sitio y así poder charlar los cinco a cubierto de algunas gotas que comenzaban a caer. Continuó el aprendizaje intensivo de “tamazight” salpicado de algunas palabras de explicación en español o árabe “dariyá”.

   Clareando la mañana, los pájaros revueltos y los primeros gallos despiertos, decidimos ir al zoco a calentar el estómago. Se nos unió otro amigo al que despertamos con nuestros movimientos y, apretados como se suele ir en la zona, en unos minutos el coche nos llevó a nuestro destino. Unos cafés, otros té y unas barras de casi un metro a rebosar de un excelente y oloroso aceite de oliva, fue suficiente para prepararnos a afrontar la jornada que comenzaba cubierta de nubes.

   Al regreso a la casa, mientras todos se preparaban para iniciar la marcha hacia la Zawia, la anfitriona nos casi obligó a desayunar por segunda vez, con los mismos elementos pero en vez de barra, hogaza recién hecha, todo un placer.

La peregrinación

   Nuevamente los músicos repitieron la escena de la noche anterior y salieron uno a uno al patio, se alinearon junto a un muro y en esta ocasión el hijo del “Muqaddam”, futuro “Muqaddam” en su momento, apareció llevando el estandarte de la cofradía. A raíz de ahí se desarrolló un acto que conllevó danzas y oraciones previas a la salida de la casa. Cuando ésta se efectuó ya había vecinos y familiares esperando en la puerta para acompañar al estandarte en su camino a la Zawia.[ver fotos]

   La comitiva inició la marcha hacia Trara en primer lugar, con el objetivo de reunirse allí con otra cofradía en el patio de la mezquita, antes de reemprender la subida al Gurugú. Con todo el descaro del mundo los peregrinos coparon todo el ancho de la carretera y marcaron la pauta de la marcha a los vehículos que tuvieron que soportar una caravana de retención en los lugares angostos.

   Por nuestra parte dejamos atrás a la comitiva y fuimos en coche a la mezquita de Sidi Azman para poder recoger en nuestras máquinas los prolegómenos al citado encuentro entre cofradías.

   El valle de Trara siempre me ha impresionado, lleno de huertas y salpicado de árboles centenarios donde destacan los olivos. Esa mañana semicubierta de nubes estaba realmente encantador con los campos de cebadas completamente verdes en su base y dorados en su cima y es que este año ha sido abundante en agua. Cuando llegamos al patio de la mezquita la chiquillería ya había tomado posiciones en la azotea de una construcción. No sé qué tiempo llevarían allí pero ya no había sitio para coger una posición privilegiada en altura. Noté, como suele ocurrir en estos casos, miradas curiosas hacia nosotros, que ahora eramos cuatro “arumis” ya que se nos había unido una pareja a la hora de salir de la casa del “Muqaddam” Hussein. Sólo curiosidad. Cuando fuímos presentados por uno de los familiares del Cheij la curiosidad se transformó en el agasajo de bienvenida.

El encuentro de cofradías


   Nos contaron entonces que las cofradías que esperábamos llevaban una marcha lenta porque se paraban ante las casas en su recorrido, algo que recuerdo porque lo he vivido en anteriores ocasiones, cuando tuve la fortuna de vivir en una localidad costera de las inmediaciones. La comitiva suelen llegar ante la casa, sus componentes no tocan la puerta, sólo esperan a que tu salgas y ofrezcas la “siiart” mientras suena la “chirimía” y los chavales de la zona se congregan en los alrededores como suele pasar en otros lares con los gigantes y cabezudos u otro tipo de manifestación callejera. [ver fotos]

   No alcanzó a una hora la espera para poder observar la llegada desde lo hondo del valle de la cofradía de la gaita de Ífra, del “Muqaddam” Benaisa, que con un centenar de seguidores llenó el patio de la mezquita para recibir seguidamente a la homónima del Zoco El Had. Allí, bajo el alto minarete y la mirada de unos centenares de espectadores se desarrolló el encuentro al son de las “chirimías”, tambores y panderos, en tanto se volvieron a producir actos con las chumberas, abrazos y mordiscos que continuaban la pauta marcada la noche anterior, pero, en un ambiente más festivo si cabía.


El ascenso al Gurugú

   Transcurridos unos minutos decidimos adelantarnos a la comitiva en la subida a la ladera del Gurugú, principalmente para comer antes de que llegaran las diferentes cofradías al recinto de la Zawia. A través de una pista sinuosa ascendimos dejando el vergel del valle para entrar en zona de rocas y chumberas, unos centenares de metros más arriba paramos en el espacio presidido por otra mezquita, quizá la que está a más altura del famoso monte, al pie de la cima de Taquigriat y vigilada al occidente por la forticación de Tazuda. Allí fuimos recibidos por el “Cheij” de la Zawia que agradeció nuestra presencia y accedió a fotografiarse con el grupo que formábamos los “arumis” y otros compañeros de excursión musulmanes, también visitantes por vez primera de estos actos. Dejamos allí el coche y atravesamos el espacio presidido por la mezquita para llegar, una decenas de metros después, ante la tumba de Sidi Ben Aisa, quien estableció esta Zawia y fue discípulo del “Cheij” Muhammad Ibn ´Isa as Sufiani al Muhtari fundador de la “Tariqa Isawiya”. En realidad ya habíamos llegado a la zona de una zawia en su sentido literal: “centro sufí que comienza como lugar de residencia de un maestro o de su delegado (muqaddam) y va incorporando anexos y dependencias (mezquita, albergue, cementerio,...) al dictado de las demandas y las necesidades del momento, pudiendo convertirse con el tiempo en un complejo de varios edificios”. El lugar era idóneo ya que el paisaje semiárido reinante, tras ascender desde el valle repleto de huertas, había dejado paso ahora a una frondosidad inesperada junto al mausoleo, con flora vistosa en un ambiente húmedo.

   Deseché hacer fotos en el lugar santo porque suelo ser reacio a ello, salvo en monumentos artísticos de tradición turística.

En la Zawia

   A través de una senda calada en la roca y enmarcada de frondosa vegetación iniciamos el ascenso hacia el resto de la Zawia serpenteando suavemente la ladera del Gurugú. En un alto del camino, al volver la vista atrás, divisamos a lo lejos una cofradía que venía por la ladera del monte. La comitiva había tomado el camino desde el Zoco el Had y, por lo tanto, según me contaron, era la de “Zmzasch” ó “Tamja” del “Muqaddam” Marzok de la localidad de Rgarmud de Adrar. [ver fotos]

   El camino desembocó en un recinto delimitado por muros de piedra ferrosa en el que se habían instalado unas mesas a modo de rastrillo. Se podía comprar toda clase de chucherías para comer, de las tradicionales aturronadas de la repostería marroquí hasta gusanitos o chicles. También había un puesto con pan y latas de conservas en el que, rápidamente te preparaban un bocadillo al gusto. Refrescos, agua y té, por supuesto, no faltaban para que el peregrino, romero, o curioso visitante, repusiera fuerzas en caso de haber subido todo el trayecto a pie, decisión que nosotros no habíamos tomado evidentemente.

   Nos acomodamos bajo un toldo para reponer energías, ya que el día había abierto y el sol nos recordaba en la estación del año en que estábamos. No había banquetas disponibles pero, sin solicitarlo, aparecieron varias ofertadas por otros comensales que prefirieron seguir de pie para que nosotros nos sentáramos, una nueva muestra de cortesía que, normalmente, me suele sonrojar, prefiero pasar como uno más y no ser centro de atención pero, a veces, es inevitable en esta tierra.

   Dimos cuenta de un pollo a la moruna con unas colas y agua de manantial que era de una calidad excelente, quizá la auténtica del manantial de Trara antes de proceder a su depuración. Una vez satisfechos, tras andar unos escasos metros y volver una esquina, aparecimos en un gran patio enmarcado por sólo tres lados, el cuarto, abierto, orientado hacia el sur, la ladera que asciende hacia el pico de Taquigrás, del Monte Gurugú.

El festival religioso

 Nuevamente la escena se repitió y en el techo de dos de las edificaciones había ya público joven acomodado en espera de la celebración. La tercera edificación, en el lado este, la sede de la Zawia, era foco de atracción y entraban y salían personas de ella. Había ambiente de fiesta, la sensación de prolegómenos de un acontecimiento se adivinaba claramente en el ambiente, sonrisas, saludos, abrazos entre conocidos y así, dentro de esta dinámica, fuímos presentados a familiares del Cheij de la Zawia, a ciertas personas venerables que vestían de forma tradicional bereber y algunas que otras, también venerables me imagino, que portaban americana. Lo cierto es que no encontré durante toda la excursión a “barbudos”, como los denominan mis amigos rifeños, o fundamentalistas islámicos como los denominamos los “arumis”. Por lo que tengo entendido este tipo de ceremonias no son de su agrado por la importancia que le dan los “isawiyas” a la búsqueda de los prodigios y a las prácticas de faqirismo y, sobre todo, les acusan de reminiscencias pre-islámicas (totemismo, chamanismo, animismo....). [ver fotos]

   En fin, volviendo a lo vivido, la excelente recepción de la que fuimos objeto conllevó también que eligiéramos el sitio donde queríamos estar para tomar imágenes. Me quedé, otra vez, anonadado, porque tanta deferencia después obliga a calidad y yo tampoco dispongo de máquinas excepcionales ni tampoco estoy especialmente dotado para ello. Marcamos posición pero fue imposible mantenerla ya que el recinto se fue llenando de público, esencialmente joven, y una barrera humana se dispuso entorno al escenario donde se iban a ubicar los músicos y danzantes. Así, opté por deambular buscando cotas de altura y dejarme llevar entre la muchedumbre porque ya, en esos momentos, era muchedumbre que se esparcía ladera arriba, hacia la cima del monte tomando asiento en un anfiteatro natural en el que ya había mil y pico de personas, el pico de cigüeña, no de gaviota.

   En realidad poco difería el ambiente del propio de una romería andaluza, salvo la vestimenta, la imaginería cristiana y los efluvios del alcohol. Las familias portaban sus bolsas de comida y bebida y se acomodaban en lugares altos para seguir el festival en la mejor disposición posible.

Prohibido

   Mientras matábamos la espera me invitaron a entrar en el recinto de la Zawia y un amigo musulmán quiso que fotografiara la sala de oraciones pero, en esos momentos, estaba ocupada por mujeres así que adiviné lo que iba a ocurrir..., a alguien se le ocurrió una salida: “haaram”, prohibido, pecado,... La precipitación de mi amigo me llevó ante un obstáculo inatravesable así que me conformé con tomar imágenes del patio. En esas estaba cuando un joven que portaba una cámara semiprofesional de video me pregunto, siendo consciente de la respuesta, si yo era “journalista”.. ¡Vaya chasco!, yo que pensaba estar de turista nada más, como cualquiero otro, pero ya se sabe... y volví al anfiteatro.

   El lleno era total aunque todavía quedaba mucho espacio en lo alto, hasta lo que fueron, según dicen, las murallas del acuartelamiento romano de Tazuda y Taquigrás. Los más veteranos se lamentaban, a pesar del número de asistentes, que ya no venía tanta gente como antaño, así como que el número de las cofradías había bajado considerablemente. En otros tiempos, según me contaron, eran decenas las cofradías mientras que en los últimos años se situaban en siete u ocho. Lo cierto es que para la presente jornada sólo se esperaban tres o cuatro. En especial añoraban los tiempos en que venían dos o tres desde Melilla, sin embargo, ya se sabe -señalaron- los jóvenes de ahora...

   En la espera estábamos cuando el ritmo ascendente de las “chirimías” anunció la llegada del estandarte de la cofradía de Zmzasch que se inclinó tres veces a su llegada al recinto ante el estandarte principal de la Zawia. Los músicos tomaron posición junto al muro del recinto de la Zawia y ahí comenzó el festival religioso musical para satisfacción del público congregado. En realidad durante toda la ceremonia, al igual que en la noche anterior, el público no participa, tan sólo observa lo que ocurre en el escenario. Sólo intervino el público en el seguimiento con palmas de un tema que debe ser muy famoso, pero, cuando se habían dado varias palmas, la interpretación del tema se interrumpió y no llegué a saber si era por algún motivo en especial, o porque, en ese preciso instante, llegaron al recinto las cofradías de Ífran y Zoco el Had que rindieron homenaje a la de Adra inclinando los estandartes tres veces consecutivas y se unieron a la ceremonia.

Una joven inesperada

   A raíz de ahí el ritmo se incrementó y el ambiente estuvo muy entretenido con los danzantes en plena euforia hasta que un suceso atrajo mi atención: una joven atravesó el corro de espectadores que circundaba el escenario, entró en el grupo de danzantes y comenzó a moverse frenéticamente. Algunos danzantes se hicieron a un lado y dejaron espacio a la joven a la que se acercó un venerable anciano de larga barba blanca y turbante naranja que, hasta entonces, parecía el “Muqaddam” encargado de dirigir la ceremonia en el centro del escenario. El anciano trató en vano durante unos minutos de relajar a la joven que seguía moviendose a impulsos frenéticos, sólo adiviné a ver su cola de caballo volteando entre las cabezas del público. Me pareció entrever que el anciano recitó algunas oraciones mientras alzaba la mano abierta, mostrando los cinco dedos, un acto similar a las bendiciones, “duaau”, que había contemplado la noche anterior. La joven fue bajando el ritmo del frenesí y pasados unos minutos, cuando volví a buscarla en el grupo, ya no estaba. [ver fotos]

   Sobre este tema me contaron que, a veces, personas del público sienten ese impulso y se incorporan de tal forma al grupo de danzantes. De hecho, la noche anterior uno de nuestros acompañantes que venía de Nador y que no asistía a una de estas ceremonias desde su niñez, se agitó convulsamente al ritmo de las “chirimías” aunque no llegó a danzar, tan sólo se agitó y vivió momentos de nervios o de liberación de éstos. Este hecho sirvió de mofa tras la cena porque uno de los familiares del “Muqaddam” le dijo: “tú, ten cuidado mañana, porque te veo bailando con nosotros y comiendo chumbera”, frase que nos produjo entonces algunas risas.

   En pleno desarrollo de las danzas un amigo me pidió que levantara el brazo, no lo entendí pero, al alzar la vista, divisé al jóven de la cámara semiprofesional sobre un tejado grabando mi oronda imagen para la posteridad, vaya incógnito el de mi visita.

El final de la jornada

   El festival o ceremonia mantuvo el ritmo hasta que se dio por terminado. Una vez que se retiraron los danzantes, los estandartes de las cofradías y el principal de la Zawia se enfrentaron en una danza peculiar en la que, uno a uno, los de las cofradías se levantaron y bajaron frente al principal. En esos momentos decidimos el retorno a Melilla, ya que estaba entrando la tarde y, por fin, después de todo el día, el cielo ya estaba completamente cerrado y las primeras gotas de agua estaban contribuyendo a deshacer el festival. Nos despedimos de nuestros amigos, algunos de los cuales iban a permanecer en el recinto toda la noche. Me imagino que entregados a la oración o actos religiosos y emprendimos el retorno. Antes de salir, en esos momentos, llegaba la cofradía de la “Muqaddama” Fatima de MariHuari, sí, ¿sorprende verdad?, una mujer como “Muqaddam”.

   No nos quedamos a esperar el encuentro con las demás cofradías porque con las primeras gotas de agua me dio la sensación de que regresábamos a la realidad, a la tarde del domingo, las últimas horas del fin de semana y había que retornar a la ciudad.


La vuelta a casa

   Bajamos la senda casi saltando de piedra en piedra, porque el goteo se estaba convirtiendo en lluvia, hasta llegar primero a la tumba de Sidi Ben Aisa y, después, a la mezquita donde habíamos dejado el coche. Ya, allí, tuvimos que esperar a que se iniciara el regreso de gran parte del público porque la pista estaba llena de coches y hasta que no se moviera el último que había llegado, no podíamos salir nosotros, de los primeros que habíamos aparcado.

   Con la calma que se aconseja en estos casos y en particular en esta parte del Mediterráneo iniciamos el retorno. Realizamos una parada en el Zoco el Had para dejar a un amigo y, desde ahí, directo a la frontera, para evitar encontrarnos en el último lugar de la cola del domingo. Al llegar a Farhana dejamos a dos amigos de Nador que cogieron un taxi allí y nos fuímos hacia la aduana. Tuvimos suerte, no había muchos coches y la espera se preveía que no iba a ser larga. Sin embargo, el hechizo de tranquilidad, bienestar y cortesía que había reinado en las últimas horas se deshizo cuando empezaron los colones típicos y reinó la ley de la selva bajo la lluvia, como siempre ocurre.

   En fín, treinta minutos después bajaba del coche frente a mi casa, ya en plena tormenta de agua, con charcos por todas partes y con la sensación de que volvía del pasado, con el ritmo trepidante de las “chirimías” aún en mi cabeza y con ganas de escribir sobre el tema porque, quizá, vuelva el año que viene a saborear facetas que esta vez no he podido encontrar, o quizá no vuelva, nunca se sabe. Lo cierto es que siempre me ha gustado ese valle y nunca me ha pasado por la imaginación que en una de esas laderas existiera un punto de peregrinación tan interesante.

   La verdad es que tuvimos mucha suerte con el tiempo climático, la tormenta anunciada se contuvo durante un día, debido a que los vientos se durmieron, hasta que finalizó el encuentro de los “Isawiya” en honor del nacimiento del Profeta Muhammad (que la bendición de Dios sea sobre él y la paz).


Este artículo ha sido posible gracias al Seminario Permanente de Tamazight que organizó la excursión


Miguel Gómez Bernardi

Publicado en el Diario Melilla Hoy el 09 de mayo de 2004

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